04 agosto 2008

-Relatomania-





"Vampiro, señor de la noche. Agilidad sobrehumana, fuerza de las tinieblas, crueldad solo comparable a la fascinación que ejerce sobre las personas. Víctima de su propia ansia por la sangre, entonces, solo en ese preciso momento, el señor se convierte en bestia, una que se apodera de sus sentidos, de sus deseos, de sus actos, obligándolo a matar, torturar o jugar con sus víctimas solo por el placer que ello le produce, y luego, en el auge de ese clímax, poder saborear el precioso tesoro líquido que apagará su sed"

Buxter Paine es uno de ellos. Convertido contra su voluntad ya hace 110 años, fue abandonado por su creador en medio de la ciudad de Nueva York. Cada anochecer era para el un castigo, un día más en el mantener su penosa existencia.

Esa noche se había levantado sobresaltado, una vez más las pesadillas no dejaban de cesar, llevaba ya unas semanas igual. Se irguió sentándose en el borde de su cama desecha, apoyó su cabeza sobre sus manos esperando que ese pinchazo insoportable se desvaneciese. Observó su mesilla de noche, iluminada ahora por un cartel-anuncio parpadeante de "Virgin" que se encontraba en el edificio de enfrente. Estiró su brazo izquierdo alcanzando el vaso de whisky casi vacío. Bebió lo que quedaba. No sabia a nada. Solo le hacia sentir un ardor en lo más profundo de su muerto estómago.

Se vistió, tenia hambre. Se puso su chaqueta de cuero y cerró la puerta tras de si. Llegó a la calle mediante la salida de emergencia, y con las manos en los bolsillos de su abrigo se adentró, con paso lento, en los callejones de la gran manzana.

Era una noche fría, así que había poca gente, básicamente estaba buscando vagabundos o prostitutas de mala muerte. Esa gente, sin presente, ni futuro, sin nombre, desechos humanos de la sociedad a los que nadie echaría en falta si por algún casual sus vidas llegaban a su fin.

Pero hoy, su sed se le antojaba caprichosa. Hoy su demonio interior quería algo más. Sus piernas le dirigían hacia un club del centro. Una sensación de horror, miedo y asquedad hacia su persona le invadió cuando las luces del nombre luminoso del club se le clavaron en sus sensibles ojos.

Esperó en la cola, examinando cada extremidad, femenina o masculina, cada detalle, cada perfume. Muchos eran de su agrado, pero no le convencían.

Pagó la entrada y se perdió entre la muchedumbre. Luces flasheantes, moviéndose de un lado para otro, iluminando los miles de rostros que se movían al ritmo de la música, esa música que ahora taladraba sus oídos de una forma que le enfurecía.

Quería comer, cada minuto de agonía se convertía en segundo, intentaba resistirse, pero su cuerpo ya se movía solo, y su razón poco hacia para evitarlo. El dinero que se dejó en todas las copas que había tomado no le habían aliviado en absoluto. Y toda esa gente moviéndose ante sus ojos, todos tan débiles, frágiles, apetecibles... salio de allí como pudo, entre empujones y golpes. Se estaba resistiendo al deseo de beber.

Nada más salir se dirigió hacia uno de los callejones laterales, donde se encontraban los contenedores del local, se apoyó entre ellos, dejando caer sus rodillas sobre el suelo. Los colmillos se dejaban entrever entre sus labios y su lengua jugaba con la punta afilada de estos.

En ese preciso instante un "joder" le hizo dirigir la vista hacia la salida del callejón. Una chica, a la que se le había roto el tacón, maldecía los 150 dolares de perdida gracias a una de las muchas grietas en las aceras de la ciudad.

La chica posó una de sus manos sobre el muro mientras con la otra se quitaba el zapato inservible y lo miraba con rabia.

Su silueta se dibujaba hermosa desde esa perspectiva, iluminada por la luz de los locales y una farola nocturna. Su perfume podía llegar hasta donde Buxter estaba.

Se levató sigilosamente, acercándose a la chica. Una vez a sus espaldas, olió su cabello castaño, parecía suave.

Sin pensárselo dos veces la agarró por la cintura, y con la mano derecha le tapó la boca. La chica se retorcía como una rata presa de su vil serpiente. Forcejearon con fuerza adentrándose más aún en aquel callejón. El bolso de ella calló a mitad de camino y ahora su móvil sonaba en la lejanía. La chica intentaba gritar a través de los dedos de Buxter, pero el sonido ahogado no serviría para mucho.

La boca del vampiro se abrió, lentamente, sus labios tocaron el cuello indefenso de la muchacha. Se sonrió victorioso.

En ese mismo instante se descuidó, con lo que su presa aprovechó para apartarlo de un codazo. El se dobló, le había dado bien fuerte en las costillas. La chica comenzó a correr y a gritar, pero con la velocidad del vampiro y un tacón roto no llegaría muy lejos.

Buxter se irgió, mirando a la chica con rabia. Le excitaba que sus víctimas fueran difíciles, pero tenia prisa por alimentarse así que no quiso jugar. La siguió y la alcanzó antes de que pudiese si quiera llegar a donde su bolso se encontraba. La agarró de los brazos y la lanzó contra el muro de hormigón presionándola contra el. La chica asustada, con todo su cabello cubriendo su cara miraba al suelo evitando el rostro de aquel ser que en unos pocos segundos acabaría con su vida.

-¡Estate quieta joder! No nos llevará mucho...

Mientras la chica aún seguía forcejeando, Buxter elevó su mentón, separando con el dedo índice los cabellos que ahora dejaban al descubierto las lágrimas que mojaban aquellas suaves mejillas. Tenia unos labios apetecibles...

La observó de nuevo, elevando más su rostro para poder verle los ojos.


No pudo. Se echo atrás, rápidamente, nervioso. Tropezó con el bolso y calló al suelo de espaldas. La muchacha lo miró, inmóvil, sin entender lo que estaba pasando.

Buxter se arrastró unos centímetros queriendo alejarse de aquel rostro hasta que el muro se lo impidió. Tenía los ojos abiertos de par en par, la boca seca, y el estómago cerrado. Su cabeza no podía parar de repetir que aquello no podía ser, eran alucinaciones, como esas pesadillas suyas de cada noche.

Ella lo miró a los ojos por primera vez, esos ojos rojos de llorar, con el maquillaje echo estragos, la respiración nerviosa y acelerada.

El vampiro no pudo más, se levantó, como queriendo enfrentarla de nuevo, pero no pudo, otra vez, a mitad de camino sus piernas se detuvieron, como si una pared invisible entre ellos dos le impidiese pasar. Acto seguido echó a correr, como loco, entre las calles, sin rumbo, mientras su cabeza seguía repitiendo aquella cara una y otra vez.

No podía ser, era idéntica a su primera víctima, era igual, al rostro de la mujer que amaba.

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